El Espacio de Uri!

 

Exponente fiel de la escuela de Torres García, el uruguayo Uri Negvi muestra con sensibilidad y color su mirada del mundo, esa que plasma en todo tipo de formas y soportes. El universo de un artista en busca de lo profundo.

Apasionado por el arte Uri Negvi vibra al ritmo de su propia paleta, esa bien rioplatense que vuelca en cada una de sus obras. Artista comprometido, su vida plástica recorrió el camino de la experimentación, siempre guiada por el profesionalismo, que lo llevó a la investigación y a la búsqueda de diversas formas de trabajo. De acuerdo a las necesidades plásticas de cada momento, Negvi incursionó en infinitas técnicas y materiales, que lo llevaron a pintar con cemento, y a utilizar papel y maderas traídas desde el Norte.

Época oscura, definió el artista, fue la que lo obligó a opacar todos sus cuadros con espesas capas de brea. Hoy, más armónica y colorida, su nueva serie refleja un espíritu alegre, que lo incentiva a usar lo colores que marcaron por siempre su obra: los ocres, amarillos, blancos, colores tierra, negro y azul. “Y como estoy en un buen momento pinto con verde, que para mí era imposible”, afirma. Rutina urbana, serie en la que actualmente trabaja, muestra un entreverado de figuras y formas en las que se destacan edificios, personajes y tableros ajedrezados, todo sostenido en un armónico juego de equilibrio. 
La serie Chamanes, anterior a esta, nació después de un viaje que Uri y su mujer realizaron hace algunos años al corazón del Amazonas, donde tomaron contacto con la civilización indígena y aprendieron de ellos los beneficios de las plantas medicinales.
Como un hilo conductor que los guía, todos sus trabajos se relacionan, como engendrándose unos a otros. “Eso requiere de una visión y un plano, no es como muchos dicen que tiro las cosas y se forman, esto que sucede lleva mucho estudio”, explica.

Sus comienzos
Aburrido de pasar largas horas en la óptica de su padre, en su Montevideo natal, Uri solía subir a la biblioteca popular donde todas las tardes funcionaba un taller de arte. Allí, se enamoró de la disciplina que marcaría su vida, esa que hoy desarrolla con tanto esmero y placer en su taller rodeado de verde, en el corazón de Caballito, donde también funciona su vivero. El pequeño demostró talento, ganó su primer concurso y desde entonces nunca más dejó los pinceles. 
Viajero incasable, Uri fue ciudadano del mundo; vivió en un kibutz en Israel, en París, Canadá, Miami y San Pablo. Si bien su inicio en la carrera fue algo autodidacta, a los 20 años, en uno de sus primeros retornos a su país, sintió la necesidad de pertenecer. Y así lo hizo. Comenzó a tomar clases en el taller de Guillermo Fernandez. “Tengo la escuela de  los viejos, la de Torres García, esa escuela que la gente sabe lo que hace y de lo que habla, si triunfa o no es otra cosa”, afirmará más tarde.

Uri Negvi muestra entusiasmo y su sonrisa denota felicidad, la tranquilidad de sentirse pleno. Tres años como paracaidista en el canal de Suez lo volvieron un hombre realista que hoy pone su grano de arena para dejar la superficialidad de lado. Su presente y futuro se muestran alentadores, llenos de deseos y sueños cumplidos. El año pasado estuvo en galerías de San pablo y París. El día de su cumpleaños, 15 de noviembre, recibió quizá el mejor regalo de su vida. Una invitación para estar presente en el museo Pissarro de Pontoise , Francia,junto a Chagall y Cezanne. 
Explorador incansable, Negvi hoy trabaja pinturas, esculturas, grabados, objetos e instalaciones, de pequeñas y grandes dimensiones. Como un malabarista concentrado, puede al mismo tiempo desarrollar diferentes actividades… y a contrarreloj.
Un mundo ideal, a cielo y corazón abierto. 

¿Qué fue lo que más disfrutaste de aprender en el taller de Fernandez?
El mundo que nos dieron, ese que hoy sufro que los jóvenes no tienen.
¿Qué mundo es ese?
El de la sensibilidad, que sino la cultivás se pierde; requiere mucho trabajo tenerla y se pierde inmediatamente. Provocar ser sensible se logra en el taller, después de pintar, en esas charlas que se daban mientras lavábamos los pinceles.
¿Sentís entonces que el taller es primordial en la formación de artistas?
Sí, el taller es una escuela de vida, te enseña a ser buena persona, a valorar al otro, a compartir, algo difícil porque todos queremos ser únicos. Ahí uno debe vencer sus propios conflictos.
¿Cómo fue tu desarrollo plástico luego del taller?
Se basó en satisfacer mi necesidad ya sea con pinturas, objetos, grabados o instalaciones. Me preocupa mantener mi estado de ánimo, y evidentemente todos buscamos tener una retribución; la satisfacción del ego.
¿Esto es un punto en común entre los artistas?
Sí. Nadie está en esta tierra para no ser reconocido, nadie quiere pasar por esta vida desapercibido.

El mundo; su público
Viajaste mucho, ¿como nutre tu pintura ese mirar el mundo?
La nutrió mucho en el hecho de poder convivir con la gente. Creo que tenemos que crecer sin olvidar los orígenes, porque sino estamos produciendo una copia bastante errónea de la realidad al convertirnos en extranjeros de nosotros mismos. 
¿Sentís diferencia entre los artistas argentinos y uruguayos?
Siento que en todo nivel, los uruguayos debemos quitarnos ciertos preconceptos con respecto a los argentinos y los argentinos deben quitarse ciertas sensaciones con respecto a los uruguayos.
¿Que sentís que a la gente le gusta de tu obra?
Que es bien rioplatense, el misticismo que tiene. Nosotros somos muy místicos en el Río de la Plata. Somos latinos, tenemos sangre, y nuestra pasión les encanta.
¿Aprende el artista de su propio público?
Si es modesto sí, si es soberbio no. Para el día del patrimonio una vez forré con satin las palmeras de una plaza en Montevideo. Había una profesora de historia del arte que oficiaba como guía turística. Me acerqué para escuchar y con su relato le dio un nuevo sentido a la obra, algo completamente distinto a lo que yo había pensado al momento de hacerla. Cuando después me preguntaron qué era esa obra, yo dije que era simplemente “coloreando palmeras”, pero que ya no lo era más porque el público había encontrado un significado mejor del que yo había pensado.

¿Sentís que el artista debe estar abierto a estas experiencias?
Sí. El artista tiene la obligación de reconocer que le ha dado al público esta herramienta de que surja algo más importante de lo que había pensado. Eso es extraordinario. Ahí aparece el máximo del artista, la compenetración con el espectador donde los dos crean algo nuevo y sublime; la obra del artista y la mente del espectador.

La creación
¿Qué caracterizó tu época oscura?
Fue un momento no tan bueno, bastante denso, y en ese momento sentí la necesidad de patinar los ocres con brea; se lograron contrastes oscuros. Fue un trabajo interesante.
¿Qué te llevó a la temática actual, la Rutina urbana?
Cuando uno va por la ciudad se da cuenta que es una jungla, las casas están llenas de rejas, la gente anda como loca, es terrible. A mí esto me pega, es algo con lo que convivo todos los días y me motivó para mostrarlo.
La sensibilidad es muy importante en tu proceso creativo, ¿sabés al momento de trabajar lo que te lleva a crear?
Sí, la emoción del día  a día. Todo artista sabe el objetivo. A mí la vida de todos los días me afecta de diferentes formas, eso me produce un estado de ánimo y es lo que transcribo. Cuando enfrento la tela trato de darle al espectador una estética y un mensaje de futuro.
¿Qué te atrae de trabajar muchas obras al unísono?
Esa locura, que es sensacional. Son pocas las veces que uno tiene la posibilidad de hacerlo, pero cuando se da es fantástico.

El hombre detrás del artista
¿Qué te enseña la docencia?
La docencia es extraordinaria, es impresionante lo que uno aprende y toma de los alumnos. Acá aprende el que enseña y el que viene a la clase, porque está libre de prejuicios y te muestra cosas que uno ni pensaba que podían hacerse.
¿Te enriquecen los consejos?
Soto me dijo una vez que yo no podía hacer instalaciones sinópticas y tuve que asumirlo. Eso te enriquece pero tenés que ser muy conciente del mundo que te rodea.
¿Qué significan para vos los premios?
Son un reconocimiento, una caricia en la espalda. Los premios en Uruguay me han servido muchísimo, porque he podido hablar con los jurados, compartir ideas con los críticos, eso es muy difícil de darse acá.
¿Por qué?
Hay como un retiro entre el artista, el jurado y el crítico; me gustaría que el crítico tuviera una convivencia fluida con el artista, no solamente con quienes compiten, sino con todos. Que fuera a los talleres a charlar con la gente, por ejemplo.
¿Sos ambicioso?
Sí, por qué no… estoy harto de las falsedades.
Sos también paisajista, ¿hay un punto de encuentro entre el arte y las plantas?
Sí. Generalmente el mundo de las plantas y del arte son muy compatibles. La planta es un ser vivo que necesita de nuestro cuidado y nos da muchas satisfacciones, el arte también necesita ser protegido. No es un mundo dentro de lo material, es algo sensible. Las plantas y el arte necesitan ser cuidados y cuando das algo y ves que te lo retribuyen te sentís tan bien que es como que hubiera una aura especial. 
Uri, ¿cómo te definirías?
Soy un tipo súper feliz, vivo de lo que hago y hago lo que me gusta. Tengo que dar gracias a Dios todos los días por lo que me toca vivir.

Uri Negvi